“El mejor camino a seguir”

En mi anterior entrada me refería al teniente general Pedro Pitarch para exponerle una particular visión de la constitución española. En su respuesta, el señor Pitarch me invitaba a aceptar el reto, junto a otros 3 comentaristas más de su blog, de redactar un ensayo sobre “el mejor camino a seguir” con el caso catalán. El texto que elaboré para el blog del señor Pitarch, y que ha sido publicado junto con otros 3 ensayos distintos aquí (enlace), es el siguiente:

“El mejor camino a seguir” para solucionar la cuestión.

El título del ensayo ya impone de por sí un elemento subjetivo, ya que hablar de el “mejor” camino significa describir el camino con el que uno se sienta más cómodo. Pero lo que para uno sería lo mejor, para otro puede parecer terrible. Propongo por ello abordar la segunda parte del título, que habla de “solucionar” la cuestión. Ensayemos sobre qué se podría entender como solución a la cuestión.

En realidad, también nos costaría ponernos de acuerdo en qué significa que el problema esté solucionado. Habría dos opciones opuestas: ¿Estaría solucionado cuando desapareciera toda voluntad independentista de Catalunya? o ¿Estaría solucionado cuando Catalunya fuera independiente? Si solución significa “final del conflicto”, no puede haber posibilidades más dispares que las que he comentado.

Creo que la solución deberá pasar, en algun momento, por aceptar los estados de opinión a favor y en contra volver a entrar en quién está legitimado a creer qué (es decir, dejando ya a un lado el porqué cada uno cree lo que cree), e intentar proceder aportando la máxima satisfacción general para los implicados en el asunto.

Y aquí tenemos que definir aún otra cuestión: ¿Quiénes son los implicados en el asunto? Dicho de otra manera, ¿a quién le afecta directamente el debate de la independencia, y quién se mete en él sin que le incumba directamente? Entre los españoles de fuera de Catalunya, los hay de dos tipos (y conozco de ambos personalmente): los que se preocupan sobre el devenir de Catalunya y quisieran tomar cartas en el asunto; y los que simplemente lo observan, admitiendo que no es su problema porque no viven en Catalunya. En cambio, en Catalunya, todos están implicados en la cuestión quieran o no, ya que es de su futuro del que se está hablando, y por ende, sus deseos los que están en debate. Mi conclusión es que corresponde a los ciudadanos de Catalunya, por lo menos en un nivel mucho más elevado, el decidir su futuro.

La situación que tenemos es que, por una razón u otra, parece ser que hay una cierta voluntad en Catalunya de convertirse en un estado. Ésto no es cualquier cosa. No es un capricho. Si ciertamente hay gente que quiere que Catalunya sea un estado, se trata de una cosa seria, y sus motivos NO pueden ser menospreciados. De esta forma, utilizando un sistema un tanto injusto, pero aún así más justo que cualquier otro conocido, la democracia, habrá que elegir qué camino seguir. Y ésta es la primera parte del camino: Elegir. Cualquier otra imposición por la fuerza, en un sentido u otro no puede, por definición, ser el mejor camino para nadie. Habrá que hacer el referéndum para conocer específicamente la opinión popular sobre el asunto; y el deseo de celebrar el referéndum ya quedó claro en los resultados de las elecciones del pasado 25N.

La segunda parte del “camino a seguir” es aceptar el resultado con serenidad. Si el resultado se decanta por el “no”, Catalunya seguirá siendo parte de España, y no un nuevo estado. ¿Y si sale el “sí”? Pues con la misma naturalidad habrá que encajar las manos y decirse adiós, ya que Catalunya habrá decidido, en todo su derecho y legitimidad democrática, tener su propio estado en el mundo actual. Quiero remarcar que éste ES el mejor camino a seguir, la naturalidad, la serenidad, y la aceptación de los deseos de la gente, en la presente situación excepcional.

Como último apunte, quiero comentar la preocupación que algunos parecen tener por la libertad de aquellos españoles que viven en Catalunya y que quieran seguir siendo españoles (una preocupación un tanto hipócrita según como se mire). Bien, esto tampoco debería desestabilizar la serenidad, ya que no se trata de quitar nada a nadie, sinó de atorgar cosas nuevas. Nadie puede perder la nacionalidad española si ya la tiene, pero en cambio, a muchos se les podrá finalmente reconocer la nacionalidad catalana que tanto desean. Nadie que no quiera va a perder nada, pero muchos que sí quieren pueden ganar.

Una vez más me reitero a pedir sobretodo serenidad. No hagamos un drama de ello. No podemos llenarnos la boca de “libertad” y luego prohibir consultar la opinión al pueblo.

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